Entre los sentimientos que caracterizan la sociedad contemporánea, la "falta de solidaridad" constituye la queja cotidiana de gobernantes, líderes, portavoces de instituciones y gentes de bien, que observan atónitos como en nuestro país devienen acontecimientos que al lesionar las fibras íntimas de los asociados, se esperaría que desencadenaran una reacción masiva y contundente de solidaridad alrededor de las instituciones o de las personas. Por el contrario, vemos con con desesperanza que dichos aconteceres alcanzan apenas a generar algunas exclamaciones aisladas de desconcierto o unas lánguidas voces de protesta que no alcanzan siquiera a tener un efecto paliativo.
A qué se debe esta inercia ? Nos hemos vuelto insensibles ? Los estímulos negativos, cada vez más frecuentes y dolorosos han agotado nuestra capacidad de reacción ? Negamos acaso la dolorosa realidad del entorno y sólo respondemos cuando somos directamente afectados ?. Es ciertamente triste y preocupante que no se generen actos de solidaridad con los desvalidos, los enfermos, los accidentados, las víctimas de atraco o secuestro, los ancianos, los discapacitados, ante quienes pasamos con mirada indiferente o cuando más, expresando sentimientos de pesar tal vez para tranquilizar nuestra propia conciencia.
El sentimiento de solidaridad significa ante todo una forma de vida comunitaria de valor perenne, que surgiendo de nuestro ser interior se magnifica masivamente en determinadas circunstancias, en especial, aquellas de gran adversidad.
No se trata entonces de sociedades o asociaciones existentes, de agrupaciones políticas o religiosas, ni de convocaciones de los medios de comunicación ante situaciones calamitosas.
El aparato psíquico ha desarrollado todas sus capacidades sobre una base que conlleva la existencia de una vida comunitaria. El concepto de Salud Mental freudiano según el cual, el individuo sano sería aquel que está en capacidad de amar y trabajar, se complementaría entonces con la fórmula adleriana de tenencia de un 'carácter solidario'.
En el trabajo, la persona con mentalidad solidaria estará siempre dispuesta para sus compañeros o colegas, jamás explotará a otros, sentirá como propia la adversidad ajena, procurará ser justa en el pago de salarios y competirá sin trampas ni envidia; en el amor, se impondrá la tarea de vivir la relación de manera satisfactoria. Aquí el sentimiento de solidaridad se traduce en disposición de entrega, en prontitud para cooperar, en auto control y respeto profundo por la otra persona.
El individuo con sentimiento de solidaridad maduro sería aquel que renuncia a la violencia y a la autoridad irracional; lo reconocemos por su constante disposición a ayudar, por su carencia de prejuicios, por su forma de pensar progresista teniendo siempre en cuenta a los demás, por su eficiencia en los grupos de trabajo. Además por su bondad y su capacidad para amar. Según la psicología individual, la meta de la EDUCACIÓN debería consistir en fortalecer -después de haberlo despertado- el sentimiento de solidaridad.